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jueves, 17 de mayo de 2012

FRONTERAS URBANAS


La piel de cualquier animal, cambia y se especializa a cada centímetro, imperceptiblemente, sin interrupciones. El protagonista de La Escala de los Mapas de Belén Gopegui, recorría visualmente la piel de su amada, en un viaje mental sin fronteras, donde el paisaje de su cuerpo se especializaba sin desconexiones... Las ciudades, como supraorganismo del que formamos parte, muestran también a través de su tejido urbano, un estado de salud. La evolución de las ciudades durante el siglo XXI muestra cómo la concentración de funciones sobrecarga el tejido urbano, generando fronteras internas y reduciendo el bienestar social. Las ciudades pueden, como los continentes, explicarse mediante mapas físicos con fronteras geográficas, y también como ellos, podrían entenderse mediante sus invisibles mapas políticos, hechos de fronteras creadas por el hombre y consolidadas por las sociedades.

Las ciudades crean fronteras habitacionales en forma de barriadas marginales, donde comunidades desafortunadas viven atrapadas en campos de gravedad residencial. O fronteras circulatorias, ocasionadas por la concentración del tráfico rodado en estrangulamientos capaces de transformar paseos y parques en carreteras-barreras con flujos y velocidades que erosionan la cohesión y continuidad del tejido urbano, y propician el aumento de un transporte privado poco sostenible. Existen también fronteras funcionales por la concentración exclusiva de actividades en un espacio y tiempo también condensados, que fuerzan los límites elásticos de una ciudad, como la Feria y la Semana Santa, acontecimientos importantísimos de la ciudad que siguen planteamientos urbanos desajustados. Junto a las anteriores, la degradación de fronteras geográficas, como muestran en Málaga el estado de sus ríos y ocasionalmente su litoral marítimo, dan un muestrario de especies fronterizas no deseadas. Una frontera interna en una ciudad es una nueva línea en su mapa político, cada vez más fragmentado y alejado de su mapa geográfico original.

Durante la dirección de la última Bienal de Venezia, SANAA mostró su convicción de que los habitantes de una ciudad tienen el poder de difuminar las fronteras acumuladas, y conseguir que el tejido urbano vuelva a integrarse en la topografía del paisaje natural como una tela continua, que desciende sobre la tierra con tiempo, hasta posarse en ella sin fronteras, sin interrupciones, con la misma fluidez que una buena melodía.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 23 de febrero de 2012

CREACIÓN DE ATMÓSFERAS



Las primeras manifestaciones de la arquitectura fueron actos de autoafirmación: los menhires, o los dólmenes, donde piedras de gran tamaño se clavan en la tierra y sostienen un techo, dan muestra de que la arquitectura es ante todo un mensaje. El simple cambio posicional de una piedra monumental devino en el Neolítico en primitivo monumento de arquitectura. Su mensaje era manifestar la presencia de sus constructores y reclamar como propia la tierra sobre la que se asentaba. La sola proximidad de estas construcciones identitarias de comunidades primitivas, generaba en ellas una atmósfera protectora, un sentimiento de hogar.

Elegida la tierra del asentamiento, el tiempo se encargará de llenarlo de la febril actividad de generaciones y generaciones, que hacen, deshacen y rehacen las primitivas atmósferas a la búsqueda de nuevos rostros de ciudad con los que poder hablar, sintiendo a través de estas conversaciones que el lugar en el que vivimos es nuestro hogar. En una pequeña y escarpada colina del pueblo de Ronchamp una cuadrilla de sólo ocho hombres emplearon cinco años de sus vidas en levantar una pequeña capilla. Este dolmen contemporáneo causó gran confusión en los foros arquitectónicos que veían en él, y en el alejamiento de la directrices racionalistas defendidas por su autor, Le Corbusier, el cansancio del genial arquitecto tras la Segunda Guerra Mundial. No fue así, en absoluto.

La capacidad de una comunidad para modificar y domesticar la naturaleza, es decir, para hacer de ella su casa, creando atmósferas favorecedoras para su desarrollo, mide el verdadero alcance de sus arquitecturas, y en último término de sus ciudades. Un edificio debe, no sólo cobijar o proteger, sino también generar una atmósfera tan favorable, que potencie las cualidades de sus usuarios, que los vuelva mejores por el simple hecho de vivir en ellos. Los tres mil habitantes de Ronchamp mostraron que calidad no tiene que ver con cantidad. Hoy, el equipo japonés SANAA repite la lección en Lausanne con el Rolex Learning Center, un sencillo paisaje de interior convertido en templo del estudio. Somos los lugares en los que vivimos, y por ello construir juntos la mejor arquitectura supone la capacidad de mejorarnos como comunidad. Todos a una, claro.