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jueves, 11 de abril de 2013

REFLEXIÓN DOMINÓ



Málaga no termina de comprender bien el cometido de los concursos de arquitectura. Un concurso de ideas ayuda a conocer la realidad urbana sobre la que se quiere actuar gracias a la participación de personas aptas al cometido del mismo. De este modo, la realidad muestra sus valores evidentes y descubre otros nuevos con los que orientar el desarrollo de sus potenciales. El conocimiento de las cualidades de la realidad es directamente proporcional a la previsión de los efectos que la intervención tendrá sobre ella. Lo contrario genera sorpresas –sobresaltos cuando son negativas–, al encontrarse uno con las consecuencias imprevistas de las propias actuaciones. La realidad urbana chirría cuando se la violenta y el paisaje más aún.
La conquista de algunas certezas ayuda, y hasta la incomprensible y empobrecedora intervención que se está cometiendo en el Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso puede aportar algunas conclusiones útiles. La más evidente es reconocer el valor patrimonial del paisaje marítimo tristemente oculto con la construcción de la cadena de merenderos de hormigón, faltos de la ligereza y transparencia deseables. Otra es el cuestionamiento de la validez de los sistemas de gestión por supervisión múltiple cuando puede arrojar resultados como el presente, contrarios al más básico sentido común. Probablemente, la fidelidad política o administrativa, o el descarte de aquellos criterios alejados del pensamiento líder impidan el descubrimiento de errores en marcha y su parada antes de ejecutarlos. Otra certeza enriquecedora y necesaria para una ciudad es que los asuntos urbanos, arquitectónicos o paisajísticos se aclaren mediante auténticos debates, en términos urbanos, arquitectónicos o paisajísticos y no políticos, que arrojen luz y no polémica sobre el modo de hacer las cosas.
La pobreza del debate del metro a su paso por la Alameda se ha visto algo superada por este nuevo debate ciudadano, más centrado en los temas propios que implica construir el litoral a pie de playa. La solución es compleja, no está en rematar la faena ni tampoco en convocar a destiempo un concurso de ideas para «invisibilizar» la barrera visual creada forrándola con macetas. Maquillar lo malo no es bueno; menos cuando se puede obtener lo bueno mediante gestiones más abiertas y participativas.

viernes, 5 de abril de 2013

IDENTIDAD PROPIA



Decía el pensador rumano Émile Cioran que cuando nuestra especie alcanzó la consciencia empezó a cargar con el deseo de reconocimiento. La obtención de reconocimiento, ya sea individual o colectivo no es un simple deseo narcisista, sino la confirmación de unas acciones bien hechas y un tiempo bien invertido. Hasta cierto punto la gratificación anímica que otorga cualquier tipo de reconocimiento es muestra de utilidad y trascendencia, nuevamente individual o colectiva.
Cada ciudad elige cómo mostrar su mejor perfil y con dicha elección empieza a fijar su identidad al definirse con los rasgos que van implícitos en la arquitectura con la que se muestra a los demás: Roma muestra su monumental orgullo histórico con el Coliseo, París y toda Francia se representan con la Torre Eiffel, la construcción más alta del mundo hasta que Nueva York alzó el rascacielos Chrysler en los treinta. Ambos casos muestran el orgullo por unas sobresalientes capacidades técnicas. Londres se enorgullece de su orden y gobierno, expresado en el Big Ben, Torre del Reloj del Parlamento de Westminster. Sevilla con la cristianización del alminar de la antigua mezquita reinstauró una Fe. Bilbao se enorgullece de su modernidad con el Guggenheim... Todas las ciudades muestran a través de sus iconos urbanos el alcance de sus capacidades y el depósito de sus identidades.
Málaga es una ciudad que no se muestra a través de un edificio, y eso en sí ya es una singularidad. Málaga se enseña a sí misma con sus espacios públicos: principalmente Alameda y Calle Larios. Quizás más por esta última, al ser más recientes los méritos de su realización a finales del siglo XIX, y conservarse mejor gracias a las obras de rehabilitación y peatonalización que hace once años acometiese el Ayuntamiento de Málaga con la ayuda de los Fondos Europeos. Este mostrarse urbano desde el espacio público y no desde edificios es un rasgo muy especial de comunidad, que pone en la manifestación concreta del ciudadano mismo el rasgo principal de su identidad. Identidad viene de idéntico, de lo igual a sí mismo, como calle Larios, capaz de mantenerse como brújula en la memoria de la mejor versión de una ciudad y su ciudadanía.

Artículo publicado en La Opinión de Málaga

sábado, 2 de marzo de 2013

BÚNKERS EN LA ORILLA



Imaginemos una porción de costa donde tierra y mar se encuentran, o mejor dicho donde el mar deja de cubrir la tierra. Un lugar donde la Naturaleza muestra a la vez su fuerza y sutileza, donde la tierra se atomiza en gotas de arena para volverse agua. Brisa marina, sol y reflejos y en el horizonte una línea que divide azules.
La relación urbana con este valioso y minoritario paisaje de la Naturaleza (en España supone un uno por ciento de su superficie), ha sido y es muchas veces parecida a la del campesino con su gallina de los huevos de oro. El surgimiento y consolidación del turismo trajo consigo la colonización de litoral marítimo por las ciudades costeras, que buscaban lógicamente progresar optimizando el rendimiento económico obtenible. Cádiz y Málaga han ocupado sus litorales con sensibilidades muy diferentes. La «Costa de la Luz» es naturaleza costera; la «Costa del Sol», urbanizaciones de playa. Cádiz mantuvo mejor las condiciones naturales de su litoral, respetando el paisaje y protegiéndolo de las construcciones del boom turístico e inmobiliario. Málaga arrastra una tradición contraria donde la costa se colmó de edificaciones y explotaciones playeras que, cómo un nuevo orden agrícola, rastrillaron la agotada franja litoral.
Una de las mejoras más queridas por los playistas vino con los «merenderos», ligerísimas techumbres de caña, bajo cuya sombra calada se disponían en la arena mesas donde saborear «pescaíto frito» y refrescos. La evolución del merendero en Málaga no va bien. No, si observamos cómo la emblemática playa del Paseo Marítimo Pablo Ruiz Picasso se llena de búnkers. Construcción pura y dura (no ligera y desmontable, sólo demolible): forjados, pilares, muros de hormigón armado, sótanos, y hasta lo nunca visto: ascensores en la playa! «Urbanismo–ansia–viva». El optimismo permite reducir la valoración del daño paisajístico, al pensar que podrían alinearse más búnkers, o ser más grandes, con más plantas o ascensores... Vivimos instalados en el disparate nacional, y este mal mayor ensancha muchas fronteras menores –paisajísticas, urbanísticas, o administrativas– agrandando el conformismo. Mientras tanto, en Fuengirola, una orden de demolición de la Junta de Andalucía planea sobre sus homólogas construcciones de playa. Tal vez también Málaga tenga la misma suerte.

Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 14 de febrero de 2013

CAPACIDAD DE RELACIÓN



El cerebro del homo sapiens está compuesto por cien mil millones de neuronas. Las experiencias de la vida van estableciendo conexiones entre ellas que permiten el desarrollo del potencial intelectual y el mejor rendimiento del pensamiento. Las experiencias positivas construyen sinapsis y cerebros inteligentes, las negativas las destruyen consiguiendo con ello apagar el brillo de los pensamientos. La capacidad de funcionar en red condiciona, por encima del número de neuronas, el alcance de nuestros cerebros.
Y esta capacidad de relación que la Naturaleza busca y recompensa con ventajas para la supervivencia, se repite en distintos fenómenos a distinta escala. La organización de una ciudad precisa de la enriquecedora relación entre sus habitantes, de modo que el conocimiento y valoración del capital comunitario amplíe las posibilidades de acción de sus miembros. El geógrafo Jared Diamond cree que la falta de inteligencia social se debe a la incapacidad para detectar los problemas o prever el efecto de las propias acciones, en un malfuncionamiento de los grupos de intereses e individuos que los forman, incapaces de conectar sus inteligencias entre sí, y quedándose por ello, aislados en un escalafón inferior al social.
La ciudad es una radiografía del estado de salud social que muestra una comunidad. A nivel urbano, la calidad de su arquitectura, la conexión entre sus barrios, la mezcla de usos, o la riqueza y variedad de sus actividades dan de forma continua un diagnóstico. Las mejores arquitecturas son las que saben establecer mejores relaciones entre sus partes; a todos los niveles: relaciones entre los elementos que componen una fachada: muros y huecos; entre las distintas estancias, de cuya proximidad y vinculación se enriquece su uso; entre los espacios interiores y exteriores que se refuerzan por contraste... La existencia de barreras, no sólo físicas, sino administrativas e ideológicas reducen una y otra vez la necesaria capacidad de relación para producir sinapsis ciudadanas y acuerdos políticos con los que avanzar. No hay nada más sostenible en la construcción de una ciudad y su sociedad que la capacidad para generar acuerdos que marquen el rumbo de los principales proyectos urbanos y nada menos deseable que observar como las neuronas entran en un proceso de ensimismamiento estéril.

jueves, 31 de enero de 2013

EL METROPOLITANO



La palabra metro aparece en el diccionario castellano de la RAE como «unidad de longitud del sistema internacional» y como «tren subterráneo». En inglés el significado de la palabra subway es más literal: camino-por-debajo. El metro, abreviatura de metropolitano, es un transporte ideado para las grandes ciudades, con el fin de conectar zonas distantes evitando que la congestión del tráfico en superficie cree, a su paso, barreras por la ciudad. Las líneas de transporte conectan distancias al precio de separar cercanías; cuanto mayor es la velocidad mejor conectan las distancias y también mejor separan las cercanías a ambos lados de su trazado.
Por lo general, las conversaciones que tienen como tema central de debate una obviedad y que no son capaces de encontrar el acuerdo de la lógica o el lógico acuerdo –según lo que se quiera primero– suele ser debido a que en el discurrir del asunto interfieren lógicas de segundo, tercer e incluso cuarto orden. Los equilibrios de los razonadores por exponer convincentemente sus lógicas preferidas envolviéndolas de otras más populares o de moda, suelen retardar la llegada de los necesarios acuerdos para seguir haciendo las cosas entre todos.
Tiene mérito defender un metro en superficie, por el esfuerzo semántico, y la evidencia de que en Málaga, un metro sobre la Alameda es una barrera urbana definitiva. A pesar de los ánimos afines al razonar, siempre aparece lo obvio para chafar las intenciones más empáticas: un metro sobre la Alameda es un golpe de katana urbano a lo Kill Bill. ¡Zas!, en dos. Tras un siglo de tráfico creciente, la Alameda aguanta a duras penas mientras se buscan soluciones urbanas para conectar los barrios de ambos lados de la congestión circulatoria. Soluciones para unir el Soho malagueño con el lado bueno de la ciudad al otro lado de las doce! vías de la Alameda. Sus actuales 400 metros valla deben convertirse en la plaza verde lineal que conecte barrios segregados de ciudad histórica. Y a esto, unas vías de tren en superficie, por muy tranvía moderno y sostenible que quieran contarlo, ayudan poco. Un barco no es un submarino económico que flota; por mucho que se insista. Eso creo yo.

jueves, 17 de enero de 2013

SOMBRAS CHINESCAS



La realidad se perfila lentamente, pasando muchas veces por episodios informes. Esta condición indefinida, más que anularla, la dota de su mayor potencial, al convertirla en una realidad abierta. En la oscuridad, una pequeña fuente de luz, es capaz de convertir una pared desnuda en todo un teatro de sombras. En ella, unas manos diestras son capaces de componer figuras y animarlas con un movimiento sostenido mediante la imaginación compartida. Esta bellísima gestión de lo escaso daría lugar hace cinco mil años al juego de las sombras chinescas.
Una situación parecida hace que la ciudad que nos rodea nos hable más desde sus existencias que desde sus novedades; desde la limitación, más que desde la abundancia. No consumimos novedades urbanas velozmente porque no se suceden al ritmo acostumbrado a comienzos de siglo. Los recursos son más valiosos –y valorados– y quizá por ello, volvemos los ojos a lo logrado y acostumbrado hasta el momento. La ciudad está llena de logros urbanos, en una sucesión de novedades fruto de un crecimiento inflacionario. Logros recientes y pasados, sobre los que reflexionar para gestionar mejor su valor, y para que su incorporación en la ciudad no se quede por debajo de sus posibilidades.
Logros pasados como la Alameda, o presentes como la culminación inminente con la apertura del Museo de la Aduana, del proceso de regeneración de la zona arqueológica de la Alcazabilla, espacios que se abren a nuevas reflexiones, para aprovecharlos mejor. La Alameda con soluciones que la conviertan en paseo y no en frontera, que alejen el «metro en superficie», extraño oxímoron...y la Alcazaba queriendo extender su influjo y valor por los recorridos de la ladera que la enmarca. Decía Witold Gombrowicz en su poético escrito Contra los poetas que «...poco a poco el estrechamiento se hacía más estrecho, pero también lo bello, libre de toda vinculación, se hacía cada vez más bello, lo profundo cada vez más profundo; lo noble siempre más noble...» Y en esta intensificación de nuestras realidades cotidianas, tal vez podamos también decir: y la Alameda más Alameda; y la Alcazaba, más Alcazaba. Y lograrlo con la gestión de lo escaso, pero precisamente por eso, más valioso que nunca.

jueves, 10 de enero de 2013

LA DESESPECIALIZACIÓN DEL TRABAJO



El homo sapiens no sabe mucho, pero se afana en comprender. El deseo de entender la realidad, más allá incluso de la utilidad inmediata de la comprensión adquirida, puede que sea quizás junto con la empatía la cualidad más genuina de nuestra especie; aquella que nos ha diferenciado de otras especies animales y cualificado en nuestra evolución. El despliegue de conocimientos y la consiguiente ramificación de los campos del saber determinó en las sociedades primitivas el comienzo de la especialización del trabajo. Nos especializamos ergo avanzamos.

Decía el arquitecto japonés Tadao Ando que la Arquitectura se medía por la distancia que un proyecto, tras cumplir el programa funcional y garantizar la estabilidad estructural, era capaz de recorrer tras lograr los requisitos anteriores. En este recorrido, la continuación del trabajo del arquitecto buscaba, busca, envolver el proyecto de otras cualidades más difíciles de lograr y explicar que de percibir: belleza, serenidad, orden, alegría? cualidades con las que trascender el caos y el ruido para construir la habitación pasajera del hombre.

El reciente Proyecto de Ley de Servicios Profesionales elaborado por el Ministerio de Economía que desespecializa la actividad propia de los arquitectos y habilita a ingenieros con competencias en edificación para proyectar y dirigir obras de edificios residenciales, culturales, docentes o religiosos, muestra con claridad la preferencia legislativa por la lógica de lo cuantitativo, fácil de clasificar en tablas, normas y reglamentos que simplifiquen su control. Lo peor de este proyecto legislativo no es su contenido, o la ramplona Regla de Tres argumentada por el Ministerio como justificación: «si un profesional –arquitecto o ingeniero– es competente para realizar una edificación, se entiende que también será capaz de realizar otras con independencia de su uso»; sino la evidencia del desconocimiento de nuestros legisladores sobre las profesiones que tratan de legislar y la involución social que supone el camino de «desespecialización» profesional implícito en dicho Proyecto de Ley. Por no hablar del sinsentido de titulaciones universitarias y años empleados por las personas que cursan una carrera para alcanzar dichas especializaciones profesionales y poder a través de ellas servir a construir una sociedad mejor. Urge una transición normativa hacia la lógica de lo cualitativo. Con permiso de nuestros gobernantes.

jueves, 4 de octubre de 2012

EL VARADERO DEL CARMEN




Las ciudades, como organismos vivos que son, tienen sus momentos de crecimiento y sus momentos de consolidación. Los primeros son determinantes porque dotan al organismo de una estructura general sobre la que se asentarán evoluciones posteriores ya implícitas en sus trazas maestras. Se crece y se engorda, para una vez conquistado el espacio circundante con garantías suficientes de prevalecer, volver a crecer y acto seguido volver a engordar. Hay crecimientos desordenados que a falta de una estructura guía generan ciudades adiposas, carentes de una promoción sana y con enormes problemas de digestión inmobiliaria.

La crisis que después de seis años deviene en la situación corriente, se mantiene en parte por unas formas de funcionar, que a fuerza de costumbre, mantenemos pero amortiguadas. No se aprecian nuevos hábitos, sino una reducción de los ya existentes. Algo así como seguir conduciendo en la misma dirección solo que más despacio. Un crash a cámara lenta. El lado bueno es que recortando las prácticas poco adecuadas que nos han conducido al presente se reducen también los efectos, y puede que empiecen a surgir nuevas formas de intervenir en las ciudades, más saludables, más decididas, y menos aleatorias.

Sorprende conocer la riqueza de episodios con los que ha crecido el Balneario del Carmen. A orillas de los cerros del Morlaco y San Telmo, debe su sitio a una antigua cantera con cuya piedra se amplió el puerto de Málaga y ganó al mar el Parque. En el Balneario prosperaron reputados astilleros, llenos de calafates a lomos de cuyos barcos se transportó el monte dinamitado. También hubo fútbol en sus playas, embarcadero, cine y pista de baile, hubo verbenas y campeonatos de tenis y por supuesto hubo el Balneario del cual el tiempo nos arroja hoy sus restos. Resulta incomprensible cómo un ejemplo de vida en momentos históricos sin recursos, se estanca y degrada convirtiéndose en una interrupción del litoral de levante. Parece que hay, nuevamente, el deseo de injertar un nuevo uso. Esperemos que en esta ocasión, las necesarias iniciativas municipales encuentren vientos favorables y no un lugar para vararse, siguiendo el nombre original de estas playas y manteniendo la onírica quietud de los últimos cuarenta años.

viernes, 17 de agosto de 2012

SE EXPORTA ARQUITECTURA


Las ciudades no son el invento de un día. Su devenir ha estado siempre vinculado a una evolución azarosa en una suma y resta continua de logros y deméritos sociales, frutos de las tensiones demográficas y económicas, que tienen en la Cultura, en el Arte, uno de los principales indicativos de su salud. Una ciudad que fabrica Cultura es una ciudad que es capaz, superadas las necesidades básicas del habitar, de trascender su mero crecimiento físico. Sin duda alguna la diferencia entre una gran ciudad y una ciudad grande radica en la cantidad y calidad de su producción cultural.

El legado arquitectónico que la Málaga actual recibió del siglo XIX gracias a una arquitectura doméstica y proyectos urbanos de indudable calidad, mejoraron la vida de sus habitantes y convirtieron la ciudad en un referente urbanístico internacional. La buena arquitectura es una de las mayores producciones de cultura deseables porque muestra tanto la presencia de un tejido profesional formado y capaz, como la solvente organización socioeconómica que les permite el natural desarrollo de unos oficios aprendidos en una sutil urdimbre de capacidades.

En recientes artículos tanto la arquitecto Cristina García Baeza como la Historiadora de Arte Anatxu Zabalbescoa muestran cual es la actual realidad profesional de titulaciones superiores como la Arquitectura y diferentes Ingenierías, y evidencian no ya una fuga, sino una estampida de cerebros. Por encima del dinero, esta pérdida de talento es la principal descapitalización que una sociedad puede sufrir porque la aleja de sus mejores logros.

Si sumamos el hecho de que las escuelas de Arquitectura reducen cada año el número de nuevos titulados -el caso de Málaga es preocupante- evidencia que la calle, aun bajo apariencia festiva, es un territorio entre hostil y estéril al que se evita o postpone al máximo salir para no derrochar esfuerzos, braceando en cauce seco. Los nuevos destinos fuera del primer círculo europeo vuelven más improbable la recuperación de una generación que no puede desarrollarse en su país de origen. Hay en esta circunstancia una doble noticia: una que muestra carencias evidentes de un país que pierde ciudadanos natales y otra que enseña la preparación y el éxito internacional de estos jóvenes profesionales.


jueves, 21 de junio de 2012

DE PIEDRAS Y FRIGORÍAS


Cuentan que con motivo de la construcción del Ministerio del Aire en los 50, el joven arquitecto Sáenz de Oiza, recién regresado de los Estados Unidos, dijo a su veterano colega Gutiérrez Soto: «D. Luis, menos piedras y más frigorías». Este alegato a favor de la incorporación de adelantos tecnológicos en la arquitectura española de entonces, para incrementar el confort térmico, fue durante mucho tiempo un ejemplo de modernidad y vanguardia.

La beneficiosa incorporación de nuevas tecnologías de las instalaciones a la arquitectura es un hecho indiscutible. A finales del siglo XIX por ejemplo, la llegada del agua corriente y el alcantarillado a las ciudades, hizo surgir el cuarto de baño como hoy lo conocemos, con una evidente mejora de la calidad de vida y aseo. Las continuas aportaciones de la tecnología en muchos campos, culminados por dos espectaculares hechos en el siglo XX: la llegada del hombre a la luna y la incorporación de las nuevas tecnologías digitales en la vida cotidiana, han mitificado el empleo de la tecnología como algo siempre indicativo de progreso.

Esta circunstancia, unida a la confluencia de estándares constructivos en países de la Comunidad Europea, ha determinado que en los últimos diez años, climas con distintas características y necesidades incorporen en las construcciones la misma tecnología de las instalaciones como sinónimo de calidad arquitectónica. En demasiadas ocasiones, dicha tecnología enmascara y cubre carencias de proyecto cuya insuficiente arquitectura necesita el apoyo externo de maquinaria, olvidando cuestiones de soleamiento, ventilación y refrigeración naturales, que aportan un confort más económico.

Igual que el ornamento en arquitectura se convirtió a principios de siglo pasado en algo superfluo, es decir en algo que rebosaba lo necesario de la construcción y el habitar, la idolatría a ciertas tecnologías como sinónimo de progreso está cargando de ornato tecnológico la vivienda del siglo XXI. Un adorno muchas veces mantenido por la ficción de un poder económico inexistente que obligará a recuperar en el arte de proyectar los criterios de la mal llamada «arquitectura pasiva». Nunca la arquitectura será más activa que en los casos que logra reducir sus exigencias tecnológicas y la inversión necesaria en su construcción. Y nuestro clima, afortunadamente, lo permite.



Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 12 de abril de 2012

HECHO COMO NUNCA

Teotihuacan fue una de las principales ciudades de Mesoamérica cuya decadencia a partir del siglo VII daría lugar al florecimiento de la civilización Maya. Sus restos se encuentran al norte de la ciudad de México. De ella desapareció hasta su nombre original, aunque tal vez el nombre que le dieron los mexicas, cuyo significado en náuhatl es «la Ciudad de los Dioses» refleje mejor la grandeza de su arquitectura y el asombro de las generaciones posteriores. Les bastaron sus ruinas para convencerse que los restos de la ciudad que contemplaban solo podía haber estado habitada por dioses que la abandonaron.

La valoración que hacemos de los tiempos suele llenar de fuerza el apego a las tradiciones, y los modos de funcionar aprendidos, que finalmente se vuelven incuestionables, y ante cuyas puertas, un «esto siempre se ha hecho así» responde a la llamada de nuevas ideas. Los teotihuacanos tenían entre sus tradiciones la de quemar todas las posesiones que habían acumulado en varias generaciones, ropajes, vajillas, enseres domésticos… con el fin de comenzar un tiempo en blanco. 

Jorge Wagensber habla en su reciente libro, "Más árboles que ramas", del carácter positivo que puede tener una crisis, al ser la manera que tiene la incertidumbre de «señalar errores». Saber detectarlos es clave en nuestro deseo individual y colectivo de perseverar; modificar nuestra forma adquirida de funcionar lo es aún más. Después de cinco años de dura travesía para el sector de la construcción y la arquitectura, se necesitan urgentemente nuevas medidas que descarguen del peso creciente de gestión, supervisiones cruzadas y tasas económicas que inmovilizan a un colectivo exánime. 

Acostumbrados a un paisaje de grúas cuyo perfil indicaba la pujanza económica de nuestra ciudad; su casi desaparición junto con los trabajos asociados a ellas, obliga a una reconsideración severa del formato administrativo, profesional y colegial que en tiempos de bonanza se vinculaba a la arquitectura. A falta de recursos económicos, sólo lo que depende exclusivamente de las relaciones interpersonales y administrativas es mejorable. La solución no va a llegar a lo grande desde arriba, sino desde abajo, fruto del acuerdo creativo y generoso entre particulares capaces de hacer posible lo que nunca se hizo así.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 29 de marzo de 2012

MÁLAGA

Fotografía: Jesús Granada

En 1996 la Universidad de California recogió en una publicación los escritos del artista norteamericano Robert Smithson. En ellos reflexionaba sobre la naturaleza del paisaje, sobre las cualidades de los lugares. Y llegados a la inmersión número cien, pienso sobre las cualidades que atesora Málaga, que la hacen un destino que se elige, no sólo para vacacionar, sino para vivir. Málaga es una ciudad aluvión que difícilmente mostrará familias con más de tres generaciones nacidas en ella, pero que sabe ejercer una atracción superior a su contenido, imbuyendo en quienes la vivimos un alto sentimiento de territorialidad, y de pertenencia a un lugar.

Más de una vez me he detenido a observar a los turistas, para ver cómo disfrutan de Málaga, y volverme turista en mi ciudad, convirtiéndome así en explorador de lo cotidiano. Un turismo que sabe exprimir las posibilidades existenciales de una ciudad alegre y despreocupada, vital y caótica. Ni su historia, tan rica como diluida, ni sus escasos pero señeros monumentos, ni tampoco su oferta cultural alzada al pedestal de Picasso, me parecen especialmente determinantes, ni descriptivas de su carácter. Más que un lugar, Málaga ofrece un tiempo, un ritmo, lento, cadencioso, de rebalaje. Un tiempo como los que explica Smithson, «estacionario y sin movimiento», anti-Newtoniano, que no se dirige a ningún sitio, y que brilla a cada segundo. La ciudad de los presentes continuos y las utopías en cadena.

Los esfuerzos de los últimos veinte años en la rehabilitación del Centro Histórico han permitido rescatar un caserío humilde y recuperarlo como «unidad de orden» de una estructura urbana desarticulada, pero más amable que hostil. Málaga es una ciudad que sigue mostrando a través de su entropía urbana, una continua indeterminación, y que tal vez por ello, ofrece un mayor grado de libertad individual. Una libertad que permite sentir el bien estar a cualquiera que se encuentre en sus calles; que permite imaginar un conjunto de futuros abiertos: todos posibles, si la constancia y acuerdo de nuestros deseos los fija. Málaga, sugerente y seductora, como una voluta de humo, instantánea como un arco de mar, donde todo lo extraordinario es posible sin que apenas suceda nada, excepto la intensidad.

Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 22 de marzo de 2012

EL SILENCIO DEL RÍO

El Guadalmedina es un río que fue perdiendo la voz en su llegada a la ciudad de Málaga, hasta sólo escucharse, saliendo de su cauce, los partidos de fútbol o vóley que brotan a la tarde o los ladridos jubilosos de los perros recorriendo el cauce seco. El río de la sexta ciudad de España: sencillamente increíble. 

Hace unos meses la prensa local preguntaba «¿Quién quiere hacer el proyecto del río Guadalmedina?» para difundir la participación que se obtuvo en el concurso internacional de ideas que se convocó por dicho motivo. El grado de participantes en un concurso es directamente proporcional a la credibilidad del mismo, lo que recae en la calidad de las bases y en la cualificación del jurado, donde primen criterios técnicos sobre criterios políticos. Sólo se inscribieron 38 equipos, de los cuales sólo 16 han llegado a la presentación de propuestas; de ellas 8 son malagueños, el resto no sale de los pirineos, transformando de facto esta iniciativa en un concurso nacional de ideas, ante el triste desinterés mostrado por los profesionales restoeuropeos del sector.

Estoy convencido de que el proyecto del río Guadalmedina, lo queremos hacer entre todos; porque sabemos que la integración de su cauce en la ciudad es fundamental para el progreso urbano de ambos lados de la frontera interna producida, a la que lamentablemente, nos hemos acostumbrado. Todos somos conscientes de que será la operación urbanística más importante que pueda realizarse durante el siglo XXI en la ciudad histórica. Málaga tiene unos mil cuatrocientos arquitectos con ideas y más tiempo que nunca para desarrollarlas.

Sin embargo, la bajísima participación, con admirables excepciones de cariño local y mecenazgo profesional, manifiesta la incredulidad generalizada por unas bases, cuyas condiciones de participación han fomentado el silencio. Una complejidad interdisciplinar exigida poco comprensible en un concurso de ideas, que no implica la realización de la propuesta ganadora. Gilles Deleuze nos habla de las «Sociedades de Control» cuya intensa supervisión cruzada reduce el mundo de lo posible, por miedo a perder el dominio de los procesos. Me entero que hoy es el día mundial del agua. Y echo de menos que, junto a las ideas, fluyera más en nuestro río. 


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 15 de marzo de 2012

ELOGIO DE LO POSIBLE

Tiene la Arquitectura una doble condición humanista y técnica que la convierte en puente entre las artes y la ciencia, y como afirma Deyan Sudjik en sus escritos sobre Arquitectura y Poder, es una poderosa herramienta que determina el mundo en el que vivimos con una contundencia visual y vivencial de la que carecen otras disciplinas u otras artes. Los hitos arquitectónicos o las operaciones promotoras de gran superficie siempre han estado vinculadas al poder económico, en manos públicas y privadas. Lo que significa que cuando este poder económico languidece su efecto sobre la profesión es inmediato, y cuando casi desaparece obliga a un optimismo de equilibrista. Con todo, la evidente reducción de la actividad está aunando cuidados y esfuerzos de promotores, constructores y profesionales del gremio a la búsqueda de lo posible.
Frank Gehry, arquitecto del archiconocido Museo Gugenheim de Bilbao, criticó once upon a time (antes del impacto de su inauguración), que los arquitectos participantes en un curso de Proyectos en Harvard imitasen su arquitectura y la singularidad de sus formas. De hecho, sorprendió a todos aleccionando sobre la disciplina y las reglas arquitectónicas, describiendo su trabajo como una personalísima y sopesada expedición al mundo del Arte, que consideraba más valorado social y políticamente que el mundo de la Arquitectura, y entonces hablaba de Picasso. Siempre interpreté su discurso como un elogio de lo posible, como una defensa de la calidad arquitectónica de fondo de las ciudades frente al destello singular de los edificios-figura. 
La democracia unida a la globalización ha traído consigo un aire competitivo entre ciudades, comunidades y países en ocasiones algo tóxico, en donde el afán por destacar sobre los vecinos forzaba un desarrollo o la urgencia de una lista de méritos, que olvidaba la mejora sosegada y bien asentada sobre lo propio, buscando la distinción de forma fulgurante ya fuese de una ciudad o de un gobierno para mantenimiento de la ola que poder seguir surfeando. Toca encontrar tras la explosión de la inflación urbanística, la multiplicidad de pequeños proyectos que sostengan la mesa con mil alfileres, y traigan de vuelta la diáspora de jóvenes arquitectos de nuestra ciudad. Proyectos xs, frente a las operaciones XL. 


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 1 de marzo de 2012

TANATOCRESIS URBANA


Una de las manifestaciones más evidentes del frenazo experimentado por la actividad constructiva es el conjunto de solares y fachadas sin edificios que se han incorporado al paisaje urbano de los centros históricos españoles. En Málaga, zonas interiores a la originaria y compacta ciudad medieval, como calle Granada o Beatas, mantienen, como decorados congelados por una súbita glaciación económica, la actividad promotora en el momento en que se quedó. Tal cual. Uno se imagina hasta los operarios sosteniendo sus herramientas inmóviles, cogidos por sorpresa, a la espera de que vuelva el calor.

La permanencia de realidades urbanas, habitualmente pasajeras en los procesos de cambio de una ciudad, nos obliga a repensar su nueva naturaleza para intentar encontrarle el sentido o posibles soluciones a situaciones estancadas, que parecen esperar a que todo vuelva a ser como era para poder repetir los mecanismos que aplicados con destreza parcial ayudaron a encontrarnos donde estamos. La zona del Museo Picasso, que generó a partir del 2002 una sobreexpectación en el rendimiento de los pases de balón, se convirtió paradójicamente, en un anticipo de la inactividad privada que en el resto de la ciudad eclosionaría a partir del 2007.

Recientemente, la Escuela de Arquitectura de Málaga, planteó desde su Cátedra de Construcción, una serie de propuestas para solares, que compatibilizan uso público y propiedad privada, evitando su degradación y el riesgo de contagio. Nuevas respuestas ante nuevas situaciones. Asimismo, muchas fachadas apuntaladas y sin edificio que envolver, hablan de relaciones interespecíficas muy escasas en el reino animal, como la tanatocresis del cangrejo ermitaño y su ocupación de conchas vacías. Como ellos, los edificios se vacían de los organismos residenciales previos para ceder la gruesa concha de sus fachadas a otros proyectos.

Singular elección, que valida soluciones pasadas y ocupaciones de suelo menos optimizadas material y espacialmente que las posibles actualmente. Se precisan nuevos planteamientos urbanos y acciones mejor adaptadas a una realidad cambiada y cambiante que huye de la norma. Los neandertales carecían de mecanismos de mutación genético, y sus descendientes, copias sin variaciones de sí mismos, fueron incapaces de adaptarse al cambio de sus hábitats. Nuestros abuelos en cambio, supieron hacer del cambio su mayor potencial.

jueves, 23 de febrero de 2012

CREACIÓN DE ATMÓSFERAS



Las primeras manifestaciones de la arquitectura fueron actos de autoafirmación: los menhires, o los dólmenes, donde piedras de gran tamaño se clavan en la tierra y sostienen un techo, dan muestra de que la arquitectura es ante todo un mensaje. El simple cambio posicional de una piedra monumental devino en el Neolítico en primitivo monumento de arquitectura. Su mensaje era manifestar la presencia de sus constructores y reclamar como propia la tierra sobre la que se asentaba. La sola proximidad de estas construcciones identitarias de comunidades primitivas, generaba en ellas una atmósfera protectora, un sentimiento de hogar.

Elegida la tierra del asentamiento, el tiempo se encargará de llenarlo de la febril actividad de generaciones y generaciones, que hacen, deshacen y rehacen las primitivas atmósferas a la búsqueda de nuevos rostros de ciudad con los que poder hablar, sintiendo a través de estas conversaciones que el lugar en el que vivimos es nuestro hogar. En una pequeña y escarpada colina del pueblo de Ronchamp una cuadrilla de sólo ocho hombres emplearon cinco años de sus vidas en levantar una pequeña capilla. Este dolmen contemporáneo causó gran confusión en los foros arquitectónicos que veían en él, y en el alejamiento de la directrices racionalistas defendidas por su autor, Le Corbusier, el cansancio del genial arquitecto tras la Segunda Guerra Mundial. No fue así, en absoluto.

La capacidad de una comunidad para modificar y domesticar la naturaleza, es decir, para hacer de ella su casa, creando atmósferas favorecedoras para su desarrollo, mide el verdadero alcance de sus arquitecturas, y en último término de sus ciudades. Un edificio debe, no sólo cobijar o proteger, sino también generar una atmósfera tan favorable, que potencie las cualidades de sus usuarios, que los vuelva mejores por el simple hecho de vivir en ellos. Los tres mil habitantes de Ronchamp mostraron que calidad no tiene que ver con cantidad. Hoy, el equipo japonés SANAA repite la lección en Lausanne con el Rolex Learning Center, un sencillo paisaje de interior convertido en templo del estudio. Somos los lugares en los que vivimos, y por ello construir juntos la mejor arquitectura supone la capacidad de mejorarnos como comunidad. Todos a una, claro.

jueves, 9 de febrero de 2012

CIUDAD POSTAL



Fernando Zóbel intentaba fijar en su pintura los paisajes que veía, no cómo eran, sino cómo los recordaba. De alguna manera el recuerdo mantenía a salvo de la omnipotente visión, la riqueza sensorial de lo experimentado, evitando así que la imagen fuese determinante en el resultado final de sus obras. En ellas la vista cedía el paso a evocaciones de otros sentidos, junto a los cuales se retrataba más fielmente la realidad. La figura se desdibujaba. 

Las postales de una ciudad hasta cierto punto aspiran también a mostrar una realidad y pueden aportar de forma paralela otra información valiosa. Una postal es un retrato de ciudad, casi una fotografía-carnet, o de perfil de Facebook. Una postal se entiende siempre como un rostro favorable de la ciudad que se vende a través de ella. La variedad de las postales muestra de manera directa la riqueza de un lugar, hasta el punto de que casi se puede comprender cómo es una ciudad a través de la lectura de sus postales. En ellas se ven monumentos, fiestas, paisajes, universidades, fauna y flora, son ventanas a las ciudades que visitamos. Orgullos de una comunidad.

Con este enfoque, Málaga está orgullosa de su paisaje, que se refleja en multitud de postales de playas y atardeceres marítimos, de su gastronomía y de sus fiestas, de su triada de monumentos históricos: teatro romano, alcazaba musulmana y catedral cristiana, que de forma casi aislada aparecen en gran número de postales. Soy aficionado a mirar las postales de mi ciudad para ver qué nuevas noticias ofrecen, reconocer sus logros y nuevas aportaciones. Siempre busco en los retratos de familia nuevas incorporaciones, nuevos rostros de la ciudad que amplíen los ya conocidos: tal vez postales de la universidad, de nuevos campus o actividades, de nuevos complejos fabriles, o la incorporación de nuevas áreas residenciales de la ciudad, de operaciones urbanísticas de nuestro tiempo que añadir a la representación del urbanismo del siglo XIX: Alameda, Parque y Calle Larios, y también de ejemplos de arquitectura contemporánea, que sepan mostrar el presente como el principal valor de una ciudad en crecimiento. Y junto al cuidado de lo antiguo valioso, más producción de lo nuevo.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 2 de febrero de 2012

ALQUIMIA URBANA



Antes de 1953 los científicos conocían bien los componentes qué formaban la atmósfera primitiva de la Tierra: agua, metáno, amoníaco e hidrógeno; pero no conseguían desvelar cómo la materia inanimada dio origen a las primeras moléculas precursoras de la vida. Ese año, el químico Stanley Miller cumplía veintitrés años y tuvo la idea de exponer a descargas eléctricas una «sopa primigenia» que simulaba las condiciones primitivas. A la semana comprobó que se habían formado en ella aminoácidos y moléculas orgánicas fundamentales para la vida.

Edward Glaeser se pregunta en El Triunfo de las Ciudades cómo prosperan las ciudades, cómo se administran, en qué momento se vuelven inteligentes y cultas...y por qué ciudades que cuentan con la misma «sopa primigenia» tienen destinos divergentes. En esta misteriosa alquimia urbana, los resultados e indicadores más claros del progreso de una ciudad, al margen de la mesurable renta per cápita, son sus expresiones de cultura y arte. La producción en una ciudad de buena arquitectura, pintura, literatura, arte y cultura en general, marca la talla de sí misma, evidenciando que la producción es preferible a la sola administración de lo heredado. Ciudades que impulsan su herencia urbana y arquitectónica crecen, mientras que las que eligen administrar lo existente languidecen en una suerte de momificación.

Nadie tiene la fórmula secreta capaz de animar los materiales que conforman un edificio para convertirlo en una obra de arquitectura, y enriquecer el patrimonio de una ciudad. Es un error compartido, también por arquitectos, vincular calidad de la arquitectura a inversión económica disponible, cuando son las ideas las que provocan el progreso, propiciando inversiones acertadas. En la pequeña ciudad de Weil am Rhein, una compañía manufacturera de mobiliario resurgió de un devastador incendio, ayudada por la idea de vincular el diseño y la arquitectura al mobiliario, o como dice Isamo Noguchi de entender la cultura como la integración del arte en la vida cotidiana. Las muestras de arquitectura que se dan en el Vitra Campus son una extraordinaria manifestación de cultura propiciada por un empresario industrial local. Málaga necesita, como el alquimista en su laboratorio, nuevas ideas capaces de transmutar la construcción en Arquitectura y Cultura, y por tanto en Progreso.


artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 26 de enero de 2012

ARQUITECTURA NO TÓXICA

Cualquier progreso arquitectónico necesita a la vez del avance tecnológico, y de la destreza social capaz de mejorar con dicho progreso el habitar humano. El comienzo de la arquitectura arranca con la ambición y la convicción de que se puede vivir mejor en la tierra; no con el monumento, sino con el cobijo. En algún momento el hombre no necesitó más de cuevas naturales, y fue capaz de construirlas en cualquier lugar, extendiendo su habitat a la totalidad del planeta. Me gusta imaginar el optimismo de algunos de nuestros antepasados capaces de cambiar para todos la inercia de la cueva, y convertir la construcción de la vivienda en una acción revolucionaria.

En La Senda de la Imaginación, Richard Kearny identifica el postmodernismo de los ochenta con la glorificación de la imagen arquitectónica, de la que somos herederos. Desde esa seducción por la imagen –propiciada por su fácil difusión televisiva y el protagonismo añadido– se llevó al paroxismo la valoración de los proyectos-totem, en una ilusoria identificación de la personalidad de una ciudad con la distintiva forma de una arquitectura, en ocasiones sin contenido sustancial. Hay abundantes ciudades con costosísimos contenedores sin contenido: aeropuertos como el de Lleida, museos o toda una Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela o el incomprensible Metropol Parasol de Sevilla con cuyo coste, estimado en 85 millones de euros, se podrían haber realizado 2.000 viviendas y cobijado a 8.000 personas.

Con el ruido de lo andado parece olvidarse que el proyecto prioritario de una ciudad es la vivienda y que los necesarios esfuerzos por dotar de nuevas centralidades a muchas ciudades europeas, Málaga entre ellas, pasa por enriquecer e idear nuevas formas de habitar los distintos barrios, creando y cuidando comunidades que consoliden el tejido urbano con la vida que sólo el residente aporta.

El crítico de arquitectura William J.R.Curtis lleva años insistiendo en la toxicidad social de arquitecturas que intentan «ligar sus ciudades de provincias a la ilusoria economía global» y anteponen un incierto e intangible bien general a la suma de beneficios individuales que genera la residencia. Así lo creo, si somos capaces de recuperar en la vivienda su originaria condición de proyecto estratégico.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga

jueves, 29 de diciembre de 2011

REALIDAD B

En 1225, en Beauvais, se decidió erigir una catedral que fuese más alta que las que se estaban construyendo en ninguna otra ciudad de Francia. La bellísima catedral gótica se concibió con una esbeltez nunca vista y se forzó la resistencia del material obligando a la piedra a conformar elementos estructurales de una liviandad nunca antes realizada. Antes de que se acabase el siglo XIII dos contrafuertes del ábside se rompieron, viniéndose abajo varias bóvedas del coro. La iglesia se reforzó y tres siglos después, recuperados del susto, insistieron en seguir manteniendo el sistema concebido realizando a mediados del siglo XVI una torre-flecha en el crucero de 153 metros que colapsaría el día de la Ascensión de 1573. Fue la puntilla definitiva a las reminiscencias que por entonces aun quedaban del Gótico. 

A veces sencillamente se fuerza demasiado la realidad, y un sistema funciona hasta que se tensa demasiado y se rompe. Apuntalar los restos es indudablemente una opción. De hecho, la catedral de Beauvais sigue desde entonces reconstruyéndose. Los nuevos apuntalamientos metálicos realizados en 1990 ya han empezado a resquebrajar la fábrica, en una prueba tangible de que el mito de Sísifo existe en Arquitectura. Por el contrario, para quienes no intentaron consolidar un orden caído por su propio peso, el Renacimiento florecería con una riqueza extraordinaria. Muchas realidades transitan hoy día esta disyuntiva. 

Llega el año 2012 del que se espera más que de los anteriores, porque el deseo generalizado es más acuciante. Al recibir el Premio Internacional de Cataluña 2011, el escritor Haruki Murakami habla en su discurso de la necesidad actual de «soñadores poco realistas», no desvinculados de la realidad posible, sino de la cara A de la realidad, aquella que vivimos y que no funciona, aquella «que tiene un nivel de realidad aun menor que el mundo irreal». La construcción lleva cinco años reduciendo su actividad, aunque la concentración de tiempo y esfuerzos en un menor número de obras ha mejorado su calidad arquitectónica. Los finales y los comienzos van emparejados. Y 2012 es un buen momento para darles forma. Se necesitan soñadores que construyan la cara B de la realidad, y líderes que apoyen esta posibilidad.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga