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jueves, 23 de junio de 2011

VIVIENDAS PRÊT-À-PORTER

El consumo define en gran medida la sociedad contemporánea. No hay que demonizarlo; gracias a él decidimos agruparnos hace milenios, primero amurallados protegidos del exterior desconocido y luego a campo abierto, trasladando la protección al portal de cada casa. El intercambio creó las ciudades. La necesidad del otro, de sus habilidades en la producción de objetos de consumo: alimentos elaborados, útiles domésticos, herramientas, ropajes… La vivienda originariamente no estaba entre los bienes de consumo. El barro de un suelo permitía, secado al sol entre tablillas, fabricar ladrillos para construir la casa sobre él. En sociedades primitivas el suelo era también la casa.

El arquitecto Mies van der Rohe decía que la arquitectura surge en el momento preciso en «que dos ladrillos son dispuestos con esmero uno junto al otro». Para ello, hay que entender la construcción, como el respeto exquisito a los materiales orquestados entre sí para su máximo rendimiento. Las sociedades más tecnificadas y la complejidad de la construcción convierten la arquitectura en un bien de consumo y su producción dejó de ser hace mucho una acción natural, a medida y propia de cada cual, para convertirse en un proceso de producción en serie, pret a porter, que toma como referencia para sus productos, dos o tres modelos de ciudadano, con dos o tres tipos de necesidades vitales: single, pareja y familia de dos hijos pequeños.

El supuesto grado de especialización en la producción de viviendas, y su control y confinamiento normativo, ha provocado un empobrecedor reduccionismo en una oferta que no responde a lo necesario, y que no consigue acercarse a una variedad vital más amplia y con menos recursos que la de finales del XX. Todos los jerseys son iguales, del mismo color, talla única. Por norma. Reconocemos una promoción de viviendas recién construidas y ocupadas por las cubas aparcadas, a donde vuelven los materiales, tras los derribos a medida de las viviendas recién adquiridas. Mientras que la normativa residencial no evolucione hacia mayores cotas de autogestión del espacio interior seguiremos utilizando jerseys, para hacer jerseys. Y así, la vivienda hecha, deshecha y rehecha señala fallos graves de un sistema que sufre hipotermia al olvidar la versatilidad de la vida.


artículo publicado en La Opinión de Málaga

martes, 4 de enero de 2011

CAMPO ABIERTO

Hace ya algunos años un compañero de promoción y yo nos acercamos a Barcelona a reverenciar la arquitectura atemporal del Pabellón de Barcelona de Mies, sus travertinos, el espacio fluido, más tarde enriquecido con el proyecto efímero que SANAA hiciese dentro de él con pieles acrílicas. Junto a esta pieza atemporal de la arquitectura acudimos al acuario a ver tiburones. Hay veces que la naturaleza considera que ha hecho bien las cosas y entonces mantiene la solución alcanzada al entender que es óptima para sobrevivir en el medio que habita. Hay ciudades afiladas que pertenecen a la misma especie y que mantienen rasgos identitarios de forma casi fija.

No es ésta la condición de Málaga, ciudad de rebalajes, que fluye al ritmo de los vaivenes económicos. Se acaba un año abundante en cambios, lleno de reajustes, de metamorfosis. Un año de observar como las cosas evolucionan necesariamente ante la variación del modelo inmobiliario que ha sustentado la actividad urbanística en los últimos tiempos. Que el modelo no era sostenible a la vista está. La situación presente permite, redefinir los objetivos y valorar la relación de esfuerzos-logros. Ha llegado el momento de valorar como grandes y estratégicos los proyectos pequeños; y de perseguir y exigir que la excelencia en la construcción y la arquitectura sea en nuestra ciudad un ingrediente constante, igual que lo es en tecnología o gastronomía. 

El Congreso Internacional de Arquitectura de Pamplona que congregó entre otros, a los Pritzker Renzo Piano, Jacques Herzog y Glenn Murcutt analizaron cuales son los nuevos planteamientos de la arquitectura en la sociedad hoy día, su necesaria vinculación a la ecología, la importancia de recuperar la escala perdida de los edificios, la incorporación de modelos blandos, energéticamente autónomos de urbanización, la insistencia en la belleza como valor necesario en la construcción de nuestras ciudades y la ligereza de los edificios y mesura en el empleo de los materiales. Las ciudades pueden, deben, ser mejores lugares y han de recuperar plenamente su sentido primero como lugar de convivencia para beneficio mutuo. Herzog concluía con la necesidad de «afrontar el futuro de las ciudades con pasión y optimismo». Fundamental para una Málaga que sigue en tránsito.