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jueves, 14 de febrero de 2013

CAPACIDAD DE RELACIÓN



El cerebro del homo sapiens está compuesto por cien mil millones de neuronas. Las experiencias de la vida van estableciendo conexiones entre ellas que permiten el desarrollo del potencial intelectual y el mejor rendimiento del pensamiento. Las experiencias positivas construyen sinapsis y cerebros inteligentes, las negativas las destruyen consiguiendo con ello apagar el brillo de los pensamientos. La capacidad de funcionar en red condiciona, por encima del número de neuronas, el alcance de nuestros cerebros.
Y esta capacidad de relación que la Naturaleza busca y recompensa con ventajas para la supervivencia, se repite en distintos fenómenos a distinta escala. La organización de una ciudad precisa de la enriquecedora relación entre sus habitantes, de modo que el conocimiento y valoración del capital comunitario amplíe las posibilidades de acción de sus miembros. El geógrafo Jared Diamond cree que la falta de inteligencia social se debe a la incapacidad para detectar los problemas o prever el efecto de las propias acciones, en un malfuncionamiento de los grupos de intereses e individuos que los forman, incapaces de conectar sus inteligencias entre sí, y quedándose por ello, aislados en un escalafón inferior al social.
La ciudad es una radiografía del estado de salud social que muestra una comunidad. A nivel urbano, la calidad de su arquitectura, la conexión entre sus barrios, la mezcla de usos, o la riqueza y variedad de sus actividades dan de forma continua un diagnóstico. Las mejores arquitecturas son las que saben establecer mejores relaciones entre sus partes; a todos los niveles: relaciones entre los elementos que componen una fachada: muros y huecos; entre las distintas estancias, de cuya proximidad y vinculación se enriquece su uso; entre los espacios interiores y exteriores que se refuerzan por contraste... La existencia de barreras, no sólo físicas, sino administrativas e ideológicas reducen una y otra vez la necesaria capacidad de relación para producir sinapsis ciudadanas y acuerdos políticos con los que avanzar. No hay nada más sostenible en la construcción de una ciudad y su sociedad que la capacidad para generar acuerdos que marquen el rumbo de los principales proyectos urbanos y nada menos deseable que observar como las neuronas entran en un proceso de ensimismamiento estéril.

jueves, 26 de enero de 2012

ARQUITECTURA NO TÓXICA

Cualquier progreso arquitectónico necesita a la vez del avance tecnológico, y de la destreza social capaz de mejorar con dicho progreso el habitar humano. El comienzo de la arquitectura arranca con la ambición y la convicción de que se puede vivir mejor en la tierra; no con el monumento, sino con el cobijo. En algún momento el hombre no necesitó más de cuevas naturales, y fue capaz de construirlas en cualquier lugar, extendiendo su habitat a la totalidad del planeta. Me gusta imaginar el optimismo de algunos de nuestros antepasados capaces de cambiar para todos la inercia de la cueva, y convertir la construcción de la vivienda en una acción revolucionaria.

En La Senda de la Imaginación, Richard Kearny identifica el postmodernismo de los ochenta con la glorificación de la imagen arquitectónica, de la que somos herederos. Desde esa seducción por la imagen –propiciada por su fácil difusión televisiva y el protagonismo añadido– se llevó al paroxismo la valoración de los proyectos-totem, en una ilusoria identificación de la personalidad de una ciudad con la distintiva forma de una arquitectura, en ocasiones sin contenido sustancial. Hay abundantes ciudades con costosísimos contenedores sin contenido: aeropuertos como el de Lleida, museos o toda una Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela o el incomprensible Metropol Parasol de Sevilla con cuyo coste, estimado en 85 millones de euros, se podrían haber realizado 2.000 viviendas y cobijado a 8.000 personas.

Con el ruido de lo andado parece olvidarse que el proyecto prioritario de una ciudad es la vivienda y que los necesarios esfuerzos por dotar de nuevas centralidades a muchas ciudades europeas, Málaga entre ellas, pasa por enriquecer e idear nuevas formas de habitar los distintos barrios, creando y cuidando comunidades que consoliden el tejido urbano con la vida que sólo el residente aporta.

El crítico de arquitectura William J.R.Curtis lleva años insistiendo en la toxicidad social de arquitecturas que intentan «ligar sus ciudades de provincias a la ilusoria economía global» y anteponen un incierto e intangible bien general a la suma de beneficios individuales que genera la residencia. Así lo creo, si somos capaces de recuperar en la vivienda su originaria condición de proyecto estratégico.


Artículo publicado en La Opinión de Málaga